Osvaldo Soriano contaba con algunas características insuperables. Otras, tal vez sólo costumbres, lo acercaban a ciertos hombres cotidianos. Es muy conocido su apego a las noches, su amor incondicional por las madrugadas. Comenzaba su jornada apenas surgida la luna, con la amistad y compañía de alguno de sus gatos, su página en blanco y su habano apagado al que mordía con pasión.
Borges dijo:
Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre
Da el hado o el azar para que un día
De exaltación gloriosa o de agonía
Pueda escribir su verdadero nombre.
Y es tal vez allí, en ese ámbito que podamos encontrar eventualmente nuestro verdadero nombre. O por mejor decir, quiénes somos en realidad. La noche nos devuelve nuestra más descarnada imagen, se trata de un espejo feroz, despiadado, que nos enfrenta a cada momento con nosotros mismos, arrancándonos una sonrisa plena o la lágrima más excesiva, un ansiado y temprano triunfo o la pesadumbre final de una derrota prematura.
La noche nos hace distintos -si cada minuto de nuestra vida nos transforma irremediablemente- el minuto nocturno se altera en su tiempo y en su espacio. Nueve de cada diez recuerdos que nos obligaran a relatar en nuestra antesala de muerte se remitirían a hechos acaecidos durante la noche. Estoy seguro que es así. Hemos derrochado palabras maldiciéndola, arrepintiéndonos de su compañía y hemos jurado por nuestros seres queridos abandonarla para siempre. Soñamos con caminatas al sol, beber agua mineral y correr con nuestros niños por el parque, eso sí, siempre, pero siempre, luego de haberla seducido y transitado. El humo no es tan humo si es de noche, y el alcohol pareciera diluirse en nuestros órganos, se hace rey en nuestras propias arterias, gobernándolo todo, pero no. La noche nos ofrece el control, bajo sus reglas.
En la noche llevamos a cabo aquello que juraríamos ante dios no realizar nunca. Es la virtual destrucción de nuestras barreras, cada momento nocturno nos va quitando uno a uno nuestros ropajes y nos sinceramos, finalmente. Alguien dijo que el temor a la muerte proviene de ese instante final, breve, invariable, cuando el hombre averigua quién es. Y las noches son pequeñas muertes cotidianas, cada mañana llevamos a cabo lo que está dictado. Azul con blanco, o rojo -a lo sumo-, gris oscuro o negro, no salgamos de allí. Buenos días, cómo anda, y a fichar en hora. Beso en la frente a cada uno, eso sí, antes de salir. Y luego que las cuentas den. Y si hay algo, no lo veo, es mejor. Pero diariamente llega la noche y lo arruina todo. Dejamos todo en una banda y comenzamos. Podemos estar en pijama a cuadros o desnudos, o bien de elegante sport, no importa el lugar, ni la compañía. La noche hace el resto. Coltrane suena distinto y el Polaco canta mejor. Y otra arruga nace en nuestro rostro. Y nos damos cuenta que, al fin, estamos viviendo